Bill Callahan – Apocalypse: Con nombre y apellido

22 04 2011

A la hora de hablar de Bill Callahan a uno se le llena la boca de palabras mudas, pues de hecho estamos ante uno de los cantautores más prolíficos y solventes de nuestra era, portador de una de las voces más subyugantes y de una de las líricas más profundas y aleccionadoras de la americana actual. Su tercer trabajo bajo su nombre y apellido se llama “Apocalypse” (2011, Drag City). Y si el apocalipsis finalmente será de esta guisa, no hemos de preocuparnos por las fatídicas profecías.

Con este disco Callahan vuelve a reponer el vaso de licor amargo que nos ofrecía bajo el alias Smog. Los anteriores “Woke On A Whaleheart” (2007) y “Sometimes I Wish I Were An Eagle” (2009) abrieron las ventanas para que entrara aire puro, logrando una exuberancia conseguida con arreglos de cuerda y viento al libre albedrío de la imaginación. Sin embargo, en “Apocalypse” el discurso descansa sobre estructuras más simples, dejando el ornamento para otro día, para otro rato. Solo pequeños flashes de violín, travesera o piano y las percusiones justas caen sobre las canciones como gotas de rocío mañanero. De nuevo tenemos a la vista al Bill más sombrío, introspectivo y penetrante. Ese soberbio crooner capaz de enderezar los sarmientos con solo un fraseo, una oda titubeada, una sentencia firme.

The real people went away, I´ll find a better way someday” se escribe en la primera página de un nuevo libro (esta vez limitado a siete escasos capítulos) sobre el amor y el desamor, el hogar y la huida, el éxito y el fracaso, la naturaleza y el espíritu. Asuntos recurrentes en la temática del autor, tratados con una maestría propia de los mejores poetas contemporáneos. Porque insisto: la música de Callahan es como un pedazo de tierra salvaje rezumando, pero lo que la mitifica son esas palabras, urdidas con inteligencia y dictadas con parsimonia. Con pocos músicos sucede algo parecido: que el lenguaje verbal alcance, que no doblegue, al musical.

Y en el ámbito musical el de Maryland consigue mantener el altísimo nivel de siempre. Presentando sus respetos a los mitos y a la historia (respetos al blues en “Baby´s Breath”, respetos al jazz en “Free´s”) como buen conciudadano americano. Y precisamente a la patria dedica la mejor canción del álbum, posiblemente una de las mejores de su carrera: “America!” nos deja atónitos por su contundencia funky, su letra pegajosa y encriptada y porque, por fin, sí, es verdad, no estoy mintiendo…. Bill Callahan ha conseguido que el mundo acabe bailando sobre la palma de su mano.


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