Tim Robbins and The Rogues Gallery Band: Explorando nuevas artes

28 10 2010

Como nuevo huésped en el mundo de la música, Tim Robbins no necesita de esfuerzos sobrehumanos para despertar atenciones y crear expectaciones. Su vitola de famoso lo avala. Sin embargo él se lo toma con calma, blandiendo la bandera de la modestia y el respeto a sus mentores. Y al hablar de mentores no solo transluce la figura de su padre, el cantautor folk Gil Robbins, sino la de los maestros del género que le han enseñado con los años a enfocar su camino.

Casualmente su debú no es un simple entretenimiento, vacuo y oportunista. Tim Robbins & The Rogues Gallery Band (2010, PIAS) es un disco a tener muy en cuenta. Una experiencia curiosa: todo lo curioso que puede resultar saborear esas canciones surgidas de la verdadera voz del Andy Dufresne de Cadena Perpetua, del Dave Boyle de Mystic River, del Norville Barnes de El Gran Salto o de aquel Ciudadano Bob Roberts que ya se encargaba de airear una faceta ahora consolidada.

El común denominador en los ecos sobre este álbum es hablar de folk, pero por debajo de la superficie crecen otras muchas raíces. Raíces americanas, para más señas. Y también irlandesas, patentes en cortes como “You´re My Dare” y “Queen of Dreams”. El blues hierve pendenciero en la cruda “Time To Kill”, aunque la táctica favorita sea el medio tiempo, baladas elegantes en las que no hay prisa por terminar. De hecho, tres de ellas pasan de largo de los seis minutos: “Book of Josie”, con esos primeros acordes que retrotraen al “Walk On The Wild Side” de Lou Reed, la emocionante “Moment in the Sun” y “Crush on You”, con su hipnótico ritmo de contrabajo. Ese mismo contrabajo se une a una poderosa percusión para crear el férreo esqueleto de “Lightning Calls”, aderezada con acordeones y vientos en un cierre de álbum soberbio. Aunque en un ranking personal de favoritas el trono lo ocuparía la espeluznante “Toledo Girl”, con un hilo conductor de piano que se clava hasta el tuétano.

Aparte de su inquietud aventurera, el nacimiento al nuevo arte de Robbins rinde cuentas a un buen amigo, Hal Willner. De él parte el empujón final, una exquisita producción y el aporte de buena parte de los músicos que componen la Rogues Gallery Band: Roger Eno (sí, el hermanísimo de Brian), Kate St. John, David Coulter o Rory McFarlane. Como ya nos contaba lologoza en su crónica pertinente, en el FIZ dejaron un gran sabor de boca. No solo de roles ajenos vive el hombre. Al californiano le toca ahora salir a la carretera, interpretarse a sí mismo y divertirse. Las tablas ya las tiene, desde luego. Y por cierto, voz no es que le falte: adaptable a todos los estilos, ora aterciopelada ora cazallera, evocadora de tantos otros grandes de la música y de ninguno en particular.

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